Puntual hedor a intransigencia

Era un pequeño recinto, de tres por tres, quizás. El olor a excremento que expedían -aparentemente- las axilas de unos hacia los orificios nasales de sus injustamente condenados compañeros, cual cada mediodía, esta vez no dejaba de decir presente.

De frente a ellos, un admirable discurso derribaba las paredes, el espacio expandía y sofocaba el fétido aroma. Cada cual prestaba oídos a sus verbos. Algunos asentían entre frase y frase, otros atendían sin dar pista de su reacción y otros pocos, en su interior, aún traducían la primera oración desde turco a su lengua madre y, al fallar en el intento, no hacían más que asentir junto a los que sí asentían con sentido. Aparentemente, la retórica los estaba envolviendo. Sería ésta la primera vez que alguien salía bien parado en una discusión de tal índole.

Entre tantas meticulosamente pensadas y certeras frases que se pierden en mi memoria íctica, declaró: “…lo que debe definirnos, ante todo, es nuestra condición humana; cuán ‘de buen corazón’ actuamos. Converso sobre esto con ustedes, ya que todos aquí somos personas educadas; pienso que podemos entenderlo y ponerlo en práctica”.

Asumiendo que se encontraba en terreno seguro, pues de 14, al menos 10 de los presentes compartían su fe, decidió con valentía seguir esclareciendo su pensar: “Alá, a cada mujer, le dio una cara hermosa como para andar escondiéndola. Aquellas que se cubren completamente, en mi opinión, cometen un error. ¿Ustedes saben cuán difícil es vivir así?, ¿cómo puede alguien andar por la calle caminando así?, ¿saben lo absurdo que es siquiera tener que comer así? Eso es inhumano. Y el hombre que obligue a una mujer a vestirse de tal manera, pues tiene un grave problema y cercena su libertad”.

La perspicaz docente, quien viste, piensa y está como le da la gana, concluyó: “Antes que musulmana, soy un ser humano. No podemos dejar que nuestra vida gire únicamente en torno a factores como la política y la religión. Hay mucho más que eso en esta vida”.

“Ahora bien, mis queridos alumnos, ésa es sólo mi idea, mi opinión”.

Acertó la profesora cuando indicó que se dirigía a personas educadas, pues con un elegante “con todo respeto”, un doctorante de 28 años intervendría: “si alguien se mete con mi religión, en ese momento debo defenderme”. Sus dedos rígidos y temblorosos buscaban señalarla a ella, pero su mirada esquiva se acobardaba frente a la razón. “No voy a permitir que nadie hable mal de mi religión”, dominado por la impotencia, por fortuna, no logró balbucearle más.

La profesora se excusó y salió un par de minutos a por unos libros.

Parecía que el consejo de “ser de buen corazón” había calado también, cuando un joven de 24 años, para calmarle los ánimos, le daría una palmada en la espalda a su amigo. “Está hablando pistoladas”, le comentó. Desde lo más hondo de su pecho, desde muy cerquita del buen corazón que lo aupó a reconfortarlo, prosiguió: “No sabe lo que dice. ¡Bah! Al fin y al cabo es una mujer”.

Y el recinto, y sus mentes, volvieron a ser el mismo cuadrado que, sin importar cuánta educación, cuánto saber acumulen, a la hora justa, sin falta y sin sorpresa, expiden pura mierda.